-Venga… despierta, tenemos que encender el fuego.
-Espera… aun estoy muy cansada, déjame un poco más.
Ya había salido el sol, y Toui intentaba despertar a su hermana, Obi. Siempre le pasaba lo mismo, se quedaba intimando con Umi el guerrero durante la noche. A escondidas, salía de la cabaña y se acercaba hasta la choza de los guerreros, y entonces, tras hacer una señal acústica que solo ambos conocían, el salía y caminaban juntos a través de la espesura hasta su rincón favorito, un claro desde el que observaban cómodamente las estrellas, charlaban, y hacían el amor. El Jefe por supuesto desaprobaría esa conducta, ya que los guerreros tenían prohibido terminantemente tener cualquier tipo de relación con una mujer. Según él, se trataban de distracciones que hacen perder la fuerza vital. Solo existía una excepción, cuando se les seleccionaba para la procreación como sementales, eligiendo cuidadosamente las parejas para no debilitar la raza. A pesar de esto, la morada del Jefe estaba alejada de la de los guerreros, y nunca se enteraba.
Hacía ya muchísimo tiempo que no habían tenido lucha alguna con la tribu enemiga, los Toumani. Ningún guerrero explorador había tenido contacto con ellos desde muchos inviernos atrás.
Sin tribu enemiga, los guerreros llevaban mucho tiempo sin luchar, y esto era motivo de celebración para todos. Parecía que al fin se había demostrado que eran más fuertes que los Toumani, y que estos habían decidido trasladarse a otra región donde ya no competirían por el terreno ni el alimento. Lo que no sabían, era que su tribu no era la causa de esa rendición, sino una mucho más grande y despiadada con sus semejantes.
En una ocasión, Umi caminó durante días en busca de algún indicio pero tan solo llegó hasta un claro de la selva. Parecía como si algún poder divino hubiese arrancado toda vida existente. El terreno estaba completamente seco e inerte, restos de los árboles yacían muertos pudriéndose… y ningún animal quedaba en la zona. Por temor a las consecuencias, no se lo contó al Jefe. No sabía lo que podía ocurrir, la reacción de la tribu ante sus palabras, el miedo y el colapso general, serían fatales para la convivencia. Sin embargo, si se lo contó a Obi. A ella le contaba muchas cosas que nadie sabía. Le explicó que se sentó ante aquel paisaje desolador y lloró, lloró como un bebé recién nacido. ¿Que fuerza divina sería capaz de cometer semejante crimen? Sin duda debía de haber sido algún malvado dios, por que los dioses a los que ellos veneraban solo les otorgarían abundancia en animales, agua y madera, eran los dioses de la vida, los dioses protectores de la selva y de la tribu. Umi llegó a creer que se trataba del fin del mundo, que pronto esos dioses arremeterían su ira contra el poblado, y la tribu vería su fin. Obi lloró desconsoladamente cuando oyó estas palabras, pero Umi le hizo prometer que no se lo contaría a nadie. Además, hacerlo sería reconocer que intimaba con él, y el castigo sería inclemente para ambos.
Aquella mañana los cazadores no se encontraban en el poblado, ya que el día anterior habían partido en busca de comida. Cada vez debían alejarse más para buscar animales, y es que desde hacía ya varios inviernos, notaban que eran menos abundantes. Lo achacaban a una ligera reprimenda de los dioses por haber desplazado a sus semejantes.
Cuando Obi consiguió despertarse, solo a base de fuerza de voluntad, Toui ya se estaba preparando para salir fuera. Aplicaba sendas capas de tinte ocre sobre su piel, para tapar hasta el último centímetro de la misma. No podía permitirse que ningún hombre le observara el verdadero color de su piel, pues la considerarían como una mujer impura, y ya ninguno la desearía. Obi se incorporó, y tomó un poco de tinte del cuenco de su hermana para comenzar con el mismo proceso. Aunque ya intimaba con Umi, nadie lo sabía y tampoco se podía permitir salir de cualquier forma al exterior. Una vez terminado, ambas se revisaron el cuerpo en busca de huecos no pintados, y salieron para preparar el fuego y algo de comida para los guerreros.
Fue entonces cuando ocurrió. Al principio era un sonido leve, pero cada vez se fue intensificando más, y finalmente un ruido ensordecedor se apoderó del poblado. Los guerreros, aun medio dormidos salieron con las pocas armas que tenían a mano, alguna lanza y un par de arcos, para defender a la tribu de la agresión. Definitivamente, no se trataba de la tribu enemiga, los Toumani, sino de algún malvado dios encolerizado que la había tomado con la tribu. No comprendían la razón pues no habían abandonado sus ritos y oraciones ni una sola vez, pero allí estaba, resplandeciente, brillando bajo el sol y emitiendo un sonido infernal. Volaba como un pájaro, un pájaro gigante, sin embargo no era parecido a ninguno de los que conocían de la selva. ¡Que demonios, debía ser al menos diez veces más grande que el ave de mayor tamaño que conocían!. El dios se quedó quieto en el aire, batiendo sus alas en un extraño círculo.
Al de unos segundos, ante el miedo de que comenzara a atacarles, los guerreros lanzaron su grito de guerra y comenzaron a lanzar sus flechas y lanzas con todas sus fuerzas, pero éstas, rebotaban en la dura piel del intruso, que ni se inmutaba ante las agresiones. Al de unos minutos, el gran pájaro brillante, como después lo llamarían, se alejó de nuevo y finalmente su sonido desapareció en el vació, tal como había llegado. El silencio reinaba en todo el poblado, nadie se atrevía a hablar. Muchas mujeres temblaban con sus rostros bañados por las lágrimas. Algunos guerreros habían sucumbido antes sus miedos, y se habían escondido en la selva. Los que quedaron luchando observaban atónitos el cielo sin decir palabra. Entonces las miradas de Obi y Umi se cruzaron, una expresión de preocupación y resignación les dominaba… ambos sabían de que se trataba. Se acercaba su fin, el fin de la vida, el fin de los árboles y de la selva. A kilómetros de allí, varios hombres blancos se preguntaban si era ético continuar con aquello, pero un maletín lleno de dinero sobre la mesa iluminaba sus ojos, y se apoderaba de sus conciencias.
Se dice que hay más de 100 tribus intactas en el mundo, la mayoría de ellas en Brasil y Perú. En estos momentos, el denominado “hombre civilizado” está explotando frenéticamente la selva del Amazonas, destruyendola indiscriminadamente para el beneficio de las industrias madereras y la creación de nuevos campos de cultivo.



cierto es estimado Xabi, cierto. Y como dice un cartel publicitario cerca de mi empresa, una superficie del tamaño de Austria desaparece en el Amazonas por dichas razones… ¿Y cuál es la solución? En mi opinión nos deberíamos poner de acuerdo internacionalmente y sobre todo el propio país de Brasil y Perú, sino, el poder de un maletín con billetes no se puede parar. Eso es resultado del modelo de viday economía actual, que mejora sin duda el nivel de vida, pero creo que como muchos piensan, debería conseguirse que fuera sostenible, por el bien de nuestros hijos….. AgurrRr! taotra Xabi!
Por cierto, a tí te gustan las montañas mucho, mira lo que he creado: http://verdeesuaterra.blogspot.com/